¡Manos a la obra!

Un grupo de voluntarios ya puso a punto el terreno para empezar a construir la escuela. Durante la semana pasada no solo trabajaron: también hubo un enriquecedor intercambio de experiencias, conocimientos y cultura. La primera escuela autosustentable de América Latina es también una apuesta al intercambio y al trabajo en equipo.

“Porque no sos de otro planeta, cuida éste”, dice un cartel a una cuadra del terreno donde se levantará la primera escuela autosustentable de América Latina. Es uno de los tantos “puntos verdes” – utilizados para recoger envases de plástico – que se esparcen por varias esquinas de Jaureguiberry.

Ese espíritu de conciencia ecológica sobrevoló la primera semana de trabajo de los voluntarios y ahora el terreno donde se van a levantar las aulas luce limpio, nivelado y despejado. Se sacaron arbustos, raíces y escombros y se apilaron prolijamente y ordenados por tamaño los neumáticos que se usarán en la construcción. Las botellas de vidrio se agruparon por dimensiones y por color. A unos metros, como un recuerdo del pasado, quedaron unos juegos herrumbrados que antes ocupaban el centro del predio. El resto es todo promesa de presente y futuro: un entusiasta grupo de gente en ebullición que viene y va rodeado de carretillas, caños, guantes y montañas de pedregullo y arena.

Durante la cuarta jornada de trabajo el desafío de los voluntarios fue marcar la zona donde se ubicará la puerta de acceso al lugar, delimitar con exactitud el perímetro del terreno y luego cerrarlo con unas redes que les donaron. Cerca de las nueve de la mañana alguien sugiere “podemos clavar estacas cada dos metros” mientras otro distribuye los cascos. Luego de sacar algunas medidas sobre la arena los voluntarios ordenan las mallas y toman palos, picos y palas y casi de inmediato, bajo un intenso calor, se asignan las tareas. Cada tanto interrumpirán su trabajo para refrescarse. O por los vecinos que pasan, saludan, alientan y se interesan por la evolución del proyecto. Al mediodía, y luego de mojarse varias veces la cabeza con agua para amortiguar las altas temperaturas, los voluntarios hacen una pausa y comparten un asado.

Ana Teyza es parte del equipo. Nació en Paysandú pero tiene familiares en Jaureguiberry y está vinculada al área de Turismo. Hace unos años empezó a interesarse por temas como la sustentabilidad y cuando supo de este proyecto no dudó en sumarse. “Me gusta involucrarme con iniciativas donde se haga participar a la comunidad, porque así se logran objetivos en grupo. Además tengo un vínculo afectivo con el balneario porque vengo todos los años a veranear acá. Este tipo de proyectos generan conciencia y además permiten que se pueda replicar”, apunta Ana.

Fátima Rodríguez, por su parte, es estudiante de Economía. Se enteró del proyecto por el diario y también se alistó como parte de los voluntarios. “Creo que desde distintos ámbitos hay que apuntar más a que haya políticas medioambientales.  Por eso quise apoyar ésta iniciativa”, dice Fátima. Cuenta que el primer día, cuando llegaron, les explicaron cómo iban a trabajar. “Acarreamos cemento, arena y pedregullo e hicimos material. Nos sorprendió la fuerza que tenemos las mujeres porque cargamos bolsas a la par de los hombres”, dice entre risas.

Tanguy Euben es un belga que vivió en Bolivia y ahora está instalado en Marruecos. Es de los primeros extranjeros que llegó a Uruguay para sumarse al proyecto y apenas un día después de arribar ya había probado el mate. “Es muy rico”, dice, y se ríe fuerte. Tienen un master en estudios latinoamericanos y cuenta que se unió hace tres años a Earthship gracias a una amiga vietnamita. “Yo trabajaba como consultor en temas comerciales en el sector privado, algo totalmente opuesto a lo que hago ahora. Demoré en encontrar un proyecto que significara vivir en forma autosustentable. Hace dos años me fui a Marruecos para trabajar en permacultura, que es la filosofía de Earthship. Mi idea aquí es obtener la acreditación para aplicar estos conocimientos en Marruecos”, dice Tanguy. Cuenta que ya tiene algunos clientes esperándolo y que su principal desafío será resolver la escasez de agua que afecta a aquellas tierras. Para él, el sistema que se aplicará en la escuela de Jaureguiberry es “increíble” porque es más que un tipo de arquitectura: apunta a un “equilibrio” entre las riquezas naturales, el reciclaje y el vivir en comunidad.

Gonzalo Gagliardi será uno de sus compañeros de aprendizaje. Hace ocho años que vive en Jaureguiberry y es el único vecino que participará de la academia. Es maquinista naval pero dejó de navegar e hizo Bellas Artes. Su tesis tuvo que ver con inaugurar la escuela del balneario. Además es docente de Arte en la Tecnicatura de Recreación de UTU. Su hija Julieta, que acaba de cursar sexto año, fue una de las alumnas de la antigua escuela.  “Durante tres generaciones los niños debieron trasladarse hasta Solís, en Maldonado, para ir a la escuela porque acá no había. Era algo peligroso. Eran muy chicos y debían cruzar la ruta. Yo no iba a permitir que mi hija viajara en un ómnibus interdepartamental todos los días para estudiar”, dice Gonzalo. Así fue que se propuso, junto a su compañera Sandra Moreira, convocar a algunos de los 600 lugareños que viven todo el año en Jaureguiberry. La primera reunión fue en el invierno de 2010 y fue tan escasa que la hicieron en una parada de ómnibus. Pero luego todo empezó a rodar, contactaron a Primaria y finalmente lograron la apertura de una escuela. “Y con la inauguración de la escuela yo logré presentar mi tesis de Bellas Artes”, dice Gonzalo, sonriente y satisfecho.

Vive cerca de la playa, donde atiende junto a Sandra un almacén al que no le falta nada. Sobre todo porque ellos mismos cocinan casi todo. Tienen perros, caballos, patos y chanchos y un gato que recibe a los clientes cerca de la puerta. Durante el año, cada lunes Gonzalo dicta en la escuela un taller de autogestión que implica ir con los alumnos a los barrancos, procesar arcilla, pintar y hasta hacer stop motion. Apuesta a que con todos los contactos que se están generando gracias a este proyecto los alumnos puedan realizar teleconferencias con estudiantes de otros países. Y, dado que son tan pocos, aspira incluso a poder hacer algún viaje con los dos o tres que egresan cada año. “Mi vida apunta a la autogestión, a rescatar las cosas simples que culturalmente se han perdido: hacerte tu propia comida, plantar tus propias semillas, tener tus propios animales”, agrega.

Durante febrero dejará de atender su almacén para participar en la construcción de la escuela. Así aprovechará al máximo su licencia como docente. “Me cuesta, pero como soy un poco dueño de mi tiempo, voy a trabajar a cambio de adquirir conocimiento, que es una inversión. Quiero aprender, porque yo estoy con la bioconstrucción. Mi casa es prueba de eso. Me interesa mucho toda la información que va a haber”, sostiene Gonzalo. Cuando la escuela esté terminada, “como padre y como integrante de la comunidad” seguirá con los alumnos para compartir todo lo que aprenda durante la construcción. “En Jaureguiberry no hay nada para ellos, siempre están buscando lugares donde encontrarse, por lo que se necesita un sitio que los reúna. Esto viene bárbaro. Se pueden hacer talleres y actividades y darles espacios para que los gestionen ellos mismos”, afirma.

Recuerda que tienen la primera escuela en el país autogestionada por los padres. Y que ahora se convertirá en la primera escuela autosustentable de Latinoamérica. “Es un gran paso. Hay mucha energía, mucha fuerza y mucha expectativa, pero me da la sensación de que aún no se tienen las dimensiones reales de lo que es el proyecto y de su alcance. Y todo lo que va a pasar después, las oportunidades que se vienen. Lo estábamos necesitando. Yo lo defino como un milagro”, dice Gonzalo.

En la misma línea Ana Faedo, una maestra que preside la Liga de Fomento de Jaureguiberry, entiende que la escuela va a “revitalizar” a toda la zona. “Ya estamos pensando para adelante. De hecho le propusimos al Codicen construir una UTU con el mismo sistema. Recogimos las inquietudes de la gente de la zona, porque muchos querían estudiar panadería. Este es un proyecto extraordinario, un punto de inflexión para Jaureguiberry. Y para nosotros una tarea que no termina con la apertura de la escuela”, dice Ana.