El equipo ya tiene su capitán

Ésta semana Michael Reynolds llegó a Uruguay. Es el arquitecto estadounidense que está al frente de Earthship y será el responsable de montar junto a un grupo de voluntarios y estudiantes la primera escuela sustentable de América Latina. Los niños de Jaureguiberry, agradecidos y ansiosos,  le prepararon una gran bienvenida.

El jueves 28 de enero Michael Reynolds aterrizó en el Aeropuerto de Carrasco. El avión que lo traía desde México, vía San Pablo, tocó tierra uruguaya poco después de las 14 horas. Antes del mediodía los futuros alumnos de la nueva escuela se reunieron en el terreno donde se levantará el edificio para prepararle una entusiasta bienvenida. Mientras se organizaban, algunos jugaron a esconderse entre los neumáticos y hasta se animaron, cuando los adultos no los miraban, a probarse algunos de los cascos de los voluntarios que durante toda la semana se dedicaron a dejar en condiciones el predio.

En la sede de la Liga de Fomento de Jaureguiberry se montaron dos mesas y sobre ellas dos flamantes cartulinas blancas. A su alrededor los niños – pinceles y colores en mano – , se organizaron para estampar sus mensajes: “Bienvenido a Uruguay” en una y “Welcome to Uruguay” en la otra. Todos quieren ser parte y se organizan para decorar las letras. “¿Qué color elijo?”, pregunta una alumna y a los pocos minutos hay más pintura en sus manos que en los carteles. Algunos prefieren dedicarse a jugar y otros ensayan poses frente a una cámara.

Michael Reynolds ya estuvo en Uruguay en 2015 para echar a andar el proyecto. Kevin, que pasó a quinto año, cuenta que en esa oportunidad lo conoció y le pareció alguien “muy bueno”. “Hablé con él. Es alto, de pelo blanco, y habla en inglés, pero sabe un poquito de español. Nos contó que la primera casa la hizo con su padre cuando tenía 10 años”, dice Kevin. Y agrega con una amplia sonrisa: “La escuela va a ser grande y muy linda. Estamos muy contentos”.

A la hora del almuerzo los carteles están casi prontos. Los niños se lavan las manos y comen manzanas y bananas. Las cáscaras se colocan en un balde que luce la leyenda “orgánicos”, justo al lado de otro que dice “no orgánicos”. Desde afuera llegan incesantes golpes de martillo: bajo el sol, los voluntarios están armando las estructuras de madera que darán forma a la nueva escuela. “¿Todos conocen el Aeropuerto?” pregunta una de las madres que acompaña al grupo. Algunos niños levantan la mano y gritan “¡yo no!”.

Danila Méndez es la mamá de Sebastián, un alumno de segundo año. Cuenta que viven en Jaureguiberry desde hace ocho años. “Él está muy ilusionado, contento. Participa en todo lo que va sucediendo con la escuela y le cuenta a toda la familia. Está feliz porque la va a vivir varios años. Todos los niños están muy alegres y ansiosos porque empiecen las clases. ¡Nunca habían querido tanto que terminaran las vacaciones!”, dice Danila y se ríe fuerte. Recuerda que entre todos los padres se hizo un gran esfuerzo para abrir la primera escuela en el balneario. “Descargamos camiones, colgamos pizarrones, acondicionamos bancos y demás. Empezamos de cero, consiguiendo incluso platos y vasos. Ahora con esta escuela es todo un cambio. Era una idea que ahora se convirtió en una hermosa realidad”, agrega.

Pamela González es la mamá de Fabiana, que también está en segundo año. Hace 28 años que viven en el balneario. “La primera escuela nos movilizó y ahora con ésta hay mucha felicidad. Cuando nos contaron del proyecto lo recibimos con los brazos abiertos. Es una gran experiencia y la comunidad la está viviendo intensamente. Se acercan a preguntar, se sacan fotos, se informan más. Al principio era una esperanza pero cuando empezaron a bajar materiales en el terreno nos dimos cuenta que se hacía y fue toda una alegría. Vamos a tener más espacio y más niños”, dice Pamela. Y agrega: “Mi hija está en todo. Participa y quiere que empiecen las clases. Tiene ansiedad por ingresar al nuevo local”.

Cerca de las 13 horas el ómnibus sale hacia el Aeropuerto. Se recogen mochilas, gorros y botellas de agua y antes de subir se repasa la lista de todos los niños. Apenas ocupa su asiento uno de ellos pregunta “¿a qué hora llega Michael?”. Durante el trayecto cantan algunas canciones, se sacan fotos y juegan al “veo veo” con los educadores que los acompañan. No se ponen de acuerdo sobre si las agujas del reloj de uno de ellos son plateadas o doradas. Una de las alumnas que mira a través de la ventana detecta, lejos en el cielo, un avión y empieza a gritar “¡en ese viene Reynolds!”. Todos corren a las ventanas y aplauden y gritan. Ya en el Aeropuerto siguen los juegos. Sobre sus lustrosos pisos improvisan piruetas y hasta alguna carrera. Algunos repasan – en inglés – las preguntas que le van a hacer a Michael apenas lo vean. “Le voy a preguntar cuánto le salió el pasaje. Y si le gustaría aprender español”, dice una de las niñas. Alguien sugiere que las primeras palabras que debería aprender el arquitecto son mate, dulce de leche, asado y torta frita.

Cuando se confirma que el avión que trae a Michael ya aterrizó, los niños se forman frente a la puerta de “Arribos” y levantan los carteles con ansiedad. Finalmente, poco rato después, Michael aparece entre la gente y los niños explotan en gritos y aplausos. Se le acercan, lo rodean y le quieren hablar en una mezcla de alegría, curiosidad y expectativa. Michael agradece sonriente, observa los carteles y levanta su dedo pulgar. “Muy buen trabajo”, dice en inglés. Salen y apenas traspasan la puerta vuelven a rodearlo y le hacen una entrevista. ¿Cuántas horas viajó? ¿Desde dónde viene? ¿Le gusta Uruguay? Uno de los niños le pregunta su edad y Michael, entre risas, dice “viejo”.

El bullicio despierta la curiosidad de quienes pasan por allí. “¿Es alguien famoso?” preguntan algunos y los niños les explican que Michael es “un arquitecto que hace cosas con neumáticos, latas, botellas y cosas reciclables” y que viene a Jaureguiberry a construir la primera escuela pública sustentable de América Latina. La gente les desea suerte y los felicita. Michael dejó atrás 16 horas de vuelo y se va a descansar. Los niños lo saludan y vuelven a Jaureguiberry en el ómnibus. En sus caras hay gestos de alegría y, sobre todo, la sensación del deber cumplido. El capitán del barco está entre nosotros y la escuela va a empezar a tomar forma.