“Uruguay es un terreno fértil para que pueda crecer un proyecto como éste”

En Jaureguiberry un equipo de 140 personas – entre expertos, estudiantes y voluntarios – comenzó a levantar ésta semana la primera Escuela Sustentable de América Latina. A su frente se puso el arquitecto estadounidense Michael Reynolds, quien llegó a Uruguay hace pocos días. Lleva miles de edificios similares construidos en todo el planeta y dice: “Aquí no hace falta motivar a nadie porque todos están con muchas ganas”.

El domingo 31 de enero algunos alumnos de la escuela se transformaron en un muy atento equipo de periodistas y, cámara en mano, se fueron hasta el camping de Jaureguiberry. Se plantearon como objetivo indagar entre quienes acampaban si sabían quién era Michael Reynolds. Y explicarles la importancia que tiene para el balneario. Se movieron entre las carpas y fueron interceptando veraneantes para contarles sobre el proyecto y lograron cosechar sonrisas, deseos de buena suerte y en más de un caso una firme intención de colaborar. “¿Se puede ir a visitar la escuela?” o “¿Cómo se puede ayudar?” fueron algunas de las respuestas que recibieron. Luego se fueron hasta el terreno de la escuela – SU escuela – a entrevistar a algunos de los voluntarios y más tarde al propio Reynolds, a quien fueron a buscar al Yacth Club del balneario, el punto de encuentro de todos quienes participan en la construcción. Mientras lo esperaban, prepararon las preguntas que le harían tomando jugos de frutas.

A esas horas el arquitecto estaba ultimando los detalles de las tareas que se iniciarían al otro día, el lunes 1º de febrero, bien temprano en la mañana. Reynolds contó que el trabajo previo a la construcción insume unos seis meses de tiempo. “Hay que dibujar y diseñar el edificio. Y luego hay una etapa de preproducción, que significa enviar a alguien al país a que busque los materiales, las herramientas y todo lo necesario”, dice Reynolds.

Desde los años 60 viene batallando para que los edificios respondan a las necesidades del hombre, para vivir en una mayor armonía con el entorno y en hogares en los que se aprovechen y reutilicen los desechos. Es decir, cuidar el medio ambiente sin renunciar al confort y a una buena calidad de vida. Con ese objetivo fundó la academia Earthship Biotecture, en el desierto de Taos, en Nuevo Méjico. Lleva miles de edificios sustentables construidos. “La mejor analogía que podría utilizar para definir la filosofía con que se construyen los edificios de Earthship es el de un árbol. El árbol existe en el planeta y utiliza los recursos que le da la naturaleza. Es completamente independiente, no necesita electricidad, ni agua externa ni ningún recurso externo para subsistir. Esa es la idea que define estos proyectos”, dice Reynolds.

Parte de su historia puede verse en el documental “El guerrero de la basura”, que lo tiene como protagonista. “En un momento decidí que para construir quería utilizar otros recursos disponibles. Cuando yo estaba construyendo la gente usaba recursos limitados y los naturales, que eran los que nosotros empezamos a incorporar, eran llamados basura”, reflexiona el arquitecto. Cuando dice “recursos naturales” se refiere a neumáticos, cartón y botellas de vidrio y plástico. “Son ‘materiales indígenas’, están en todos lados y hoy son ‘naturales’ en todo el mundo, lo que facilita la construcción de estos edificios. Estoy interesado en diseñar un prototipo de edificio que se pueda construir en todo el planeta. Estamos evolucionando hacia ello”, afirma.

Dice que los primeros edificios que construyó fueron para vivir él mismo y nunca imaginó que llegarían al desarrollo que alcanzó hoy.  “No pensé que los proyectos tuvieran un potencial como éste; esto va más mucho más allá de mis sueños y lo que me imaginaba. Pero me encanta que así sea”, dice Reynolds y se ríe fuerte. Cuenta que cuando comenzó a construir estos edificios sustentables encontró resistencias y que aún hoy sigue teniendo “problemas”, pero que “poco a poco” eso va disminuyendo “porque la gente se va dando cuenta de que lo que estamos haciendo tiene sentido común”.

Hoy en día hace un promedio de cuatro o cinco edificios por año. “Los lugares más difíciles para construir son aquellos donde es complejo llegar o llevar materiales o herramientas. Los más remotos, como pueden ser Malawi, en África, o la Isla de Pascua. Y hay otro factor a tener en cuenta que es el clima. Si hay un clima muy malo durante la construcción eso obviamente afecta el proyecto y a la gente que está construyendo”, afirma. Quienes participan en estos proyectos – y lo hacen posible – son una mezcla de expertos y voluntarios, quienes no tienen mucha experiencia pero a quienes no les gusta una vida “normal”. “Son gente que quieren ir a donde haya fuerza y aventura”, dice Reynolds. Entiende que no siempre resulta “algo lindo” estar construyendo de ésta manera, porque hay momentos que pueden ser “aburridos y hasta con cierta rutina”, por lo que se necesita gente “que tenga siempre el resultado final en la cabeza, que se inspire y motive con eso para mantenerse fuertes y seguir trabajando hacia el objetivo”.

Cuenta que si bien recibe varias propuestas por año, desde distintos lugares del mundo, para levantar los edificios de Earthship, eligió a Uruguay por varias causas. “Sobre todo por la gente, porque es un país que tiene políticas sociales de avanzada. Por ejemplo, que la escuela sea gratuita. Son factores que hacen que Uruguay sea un terreno fértil para que pueda crecer ésta planta, es decir, un proyecto como éste”, dice Reynolds.

Cuando se empieza a levantar uno de sus edificios, su rol es el de construir, pero afirma que hace “de todo”. Está atento a lo que pueda surgir que necesite de su presencia o acción. El primer día de trabajo reúne a todos los participantes pero no dedica demasiado tiempo a alentarlos. “No lo necesitan. En realidad lo veo como si fuera una carrera de caballos antes de comenzar. No hace falta motivar a nadie porque ya todos los caballos están listos para salir. Con muchas ganas. Así que no tengo que hacer nada en especial. Simplemente voy a trabajar todo lo que puedo”, afirma el arquitecto. Para él, hacer la analogía entre cada uno de los edificios que hizo y un hijo “es una manera muy adecuada” de ver su trayectoria, pero igualmente el edificio que más le gusta es el que está haciendo en el momento. “O sea que hoy es el de Uruguay”, dice y se sonríe.

Afirma que el vínculo entre Earthship y la localidad donde se levanta un edificio “nunca se cierra” porque el contacto y la comunicación con la gente que queda se mantiene. En los próximos doce meses irá a Nepal, por un proyecto para hacer construcciones resistentes a los terremotos, luego viajará a Canadá, donde va a trabajar con una comunidad indígena para evitar que se mueran de frío, y luego estará en Belice y Colombia. “¿Qué tiene de bueno y de malo ser hoy Michael Reynolds? (Piensa) Bueno, puedo hacer lo que quiero hacer. Eso es lo mejor. Pero también es lo más duro. ¡No tengo tiempo para otra cosa! Es todo emoción. No hay nada que no sea emocionante. Es… ¡la vida!”, dice y se ríe con fuerza.