Un equipo en acción

Los voluntarios llegados desde distintos puntos del planeta ya están trabajando en el terreno. En una semana levantaron la estructura y definieron los principales espacios de la escuela. Cada jornada de trabajo es un nuevo desafío  que se vive con  responsabilidad pero también con alegría y entusiasmo.

Son poco más de las ocho de la mañana y gran parte del equipo de voluntarios termina su desayuno en el Yatch Club de Jaureguiberry, a pocas cuadras de donde se levanta la primera Escuela Pública Sustentable de América Latina. Afuera se amontonan las bicicletas usadas que se donaron al proyecto y que ahora, ya recicladas, les son muy útiles para moverse por el balneario y, sobre todo, para ir a trabajar. Porque algunos se alojan en el camping cercano y otros en casas alquiladas o prestadas. Hay quienes incluso han levantado su carpa en algún jardín gracias a que los vecinos, como forma de colaborar con el proyecto, les cedieron parte del frente de sus casas.

El Yatch es el punto de encuentro para el desayuno y el almuerzo. Apenas despunta el sol, los voluntarios llegan y arman las mesas como racimos. De inmediato empiezan a circular por ellas vasos con , licuados, mucha agua y varios termos con mate, porque varios extranjeros ya lo incorporaron a su dieta. Hay caras somnolientas pero felices y saludos y abrazos en varios idiomas. Sobre la mesa de pool del local se armó un improvisado mostrador donde hay mermeladas, quesos y tortas. El equipo del Yacth está trabajando desde muy temprano para que a las siete todo el catering esté pronto. Luego de desayunar los voluntarios cargan sus mochilas y sus cascos y un rato más tarde, bajo un sol que promete ser intenso, se aprestan a comenzar una nueva jornada de trabajo. Al mediodía volverán al Yatch, en dos turnos, para almorzar.

En el momento de ingresar al terreno alguien les solicita el nombre. En un enorme pizarrón se exhibe el listado de equipos de trabajo, que están organizados por grupos y cada uno tiene un referente y una tarea pre asignada. Para evitar confusiones, todos llevan en la muñeca una pulsera que los identifica y para facilitar el (re) conocerse hay quienes portan una identificación con sus nombres que les cuelga del pecho o el cinto. Los cascos amarillos, anaranjados y azules comienzan a diseminarse ordenadamente por el predio.  Varios de ellos están marcados con el nombre de su propietarios (“Carlos”, “Gaby”, etc.). A pocos metros de allí, en el flamante – y aún en obra – local de la Liga de Fomento, la mitad de los voluntarios recibirá durante todo el día una capacitación con Michael Reynolds.

Los preparativos para la larga jornada de trabajo incluyen mucho protector solar y agua en abundancia. Algunos llevan botellas colgadas a la cintura y otros prefieren interrumpir cada tanto la tarea e ir hacia uno de los costados del terreno, donde se instaló un bebedero. Los equipos están finalmente prontos y sus referentes dedican un buen rato a explicar la tarea. Cuando todos levantan el pulgar en señal de que se entendió qué se va a hacer, se calzan los guantes y el predio se transforma inesperadamente en un ordenado hormiguero de voluntarios. Algunos empiezan a rellenar los neumáticos con arena y pedregullo, otros van a preparar y cortar maderas y algunos se dedican a, martillo en mano, clavar y montar estructuras. Comienzan a circular carretillas, se pasan palas de mano en mano y hay quienes trepan escaleras. Se toman medidas, se corrige, se vuelve a medir, se traslada material y se acarrean neumáticos y botellas de aquí para allá. Hay taladros y destornilladores que cambian de mano mientras constantemente se cruzan sonrisas acompañadas de un “thank you” como santo y seña de la solidaridad que sobrevuela el terreno donde la escuela empieza a tomar sus dimensiones reales. El ritmo de las tareas rápidamente se vuelve intenso, pero a pesar de la concentración, el ambiente nunca deja de ser de camaradería. Todos tienen presente las palabras de Reynolds, quien les dijo que trabajaran en equipo, regularan sus energías y que se tomaran el tiempo necesario y suficiente para aprender.

Para que la jornada sea más amena, se dispone un parlante en medio de la obra, que acompaña a todos con música new age. En la puerta de acceso al terreno dos abuelos se acercan con sus nietas y se toman algunas fotos. Casi enseguida un vecino, termo, mate y bizcochos en mano, se asoma y se sorprende no solo por la cantidad de gente que ve trabajando sino por la rapidez con la que avanza la obra. Un matrimonio detiene su auto frente al predio y también se acerca, apoyados en un bastón y dando pasos lentos. Están cumpliendo 57 años de casados y decidieron festejarlo recorriendo el Uruguay. “Yo había oído de la escuela, y le dije a mi esposo que quería pasar a ver cómo era. Porque no me daba cuenta cómo la construían. ¡Es maravilloso!”, dice la mujer, a quien apodan Marichú. “¿Aquel es el salón de clases?”, pregunta, y mientras le explican que ya está armada la estructura donde funcionarán las aulas y también la galería donde se instalará la huerta orgánica, le dice a Pellegrín, su esposo “¿sacaste fotos, viejo?”. Pregunta por la cantidad de gente que trabaja y de dónde vienen los voluntarios. “¿Filmaste, viejo? ¿Viste qué lindos quedan con los cascos?”, agrega Marichú. Y felicita una y otra vez a todos los voluntarios con quien se cruza.

Sobre el mediodía se hace la pausa para almorzar. El punto de encuentro vuelve a ser el Yatch Club y la alegría se traslada nuevamente a las mesas donde, además de reponer energías, se hace un balance de lo que fue la primera parte de la jornada laboral. La coincidencia es absoluta: el proyecto implica un enorme esfuerzo pero todos los viven con entusiasmo y emoción. ¡La escuela va!