Un proyecto de puertas abiertas

Los responsables de construir la primera escuela pública sustentable de América Latina están organizando encuentros con la comunidad. Los fines de semana convocan a vecinos, padres y alumnos para contarles cómo va la construcción y mostrarles el avance de la obra. Un espacio de intercambio donde no faltan emociones y alegrías.

La actividad comienza poco antes de que caiga el sol. Por un lado, un numeroso grupo de padres, familiares y vecinos  – interesados por saber más sobre el proyecto – se reúnen en el local de la Liga de Fomento, ubicado junto al predio donde se levanta la escuela. Por otro, en el mismo terreno se acondicionó un espacio donde los alumnos van a realizar tareas similares a las que cada día hacen los voluntarios. Con el objetivo de que “vivan” la experiencia de construir, se organizan junto a los educadores para “trabajar”.

Los niños se tomaron en serio su trabajo. Se prepararon haciendo chalecos de tela que identificaron con sus nombres y adornaron con flores y dibujos. Varios se pintaron un orgulloso “Escuela No 294” y otros se colgaron un cartel que dice “Prensa / Periodista escolar”. Los adultos les llenan algunos baldes con arena y ellos, emulando el esfuerzo y alegría de los mayores, los trasladan hasta un grupo de neumáticos que van a ser rellenados. “¡Vengan, constructores!”, los convoca una de las educadoras y les indica a unos alumnos cómo ordenar y apilar cartones. A escala, pueden sentir la experiencia de dar forma a su escuela, que ocuparán a partir de marzo. “¡Quiero entrar a mi salón!”, grita, entusiasta, uno de ellos.

Detrás de ellos la pérgola de acceso a la escuela ya está casi terminada. Por allí entrarán a ocupar los salones el día que la escuela sea inaugurada. Se pueden ver las terminaciones de latas y botellas, que permiten el pasaje de la luz. El edificio ya está cubierto de aislante térmico y sus cimientos, semienterrados, le dan solidez y lo protege contra las inclemencias climáticas.

En el local de la Liga los voluntarios hablan de cimientos, vigas de madera, estructura y seguridad. Se comenta que será una escuela rural de tres salones, cuyas ventanas darán hacia el norte, para el lado de la Ruta Interbalnearia. En el edificio adjunto – donde funcionaba el Cuartelillo de Bomberos – habrá además una cocina, un comedor y un área de secretaría. Cuentan que antes de instalar un edificio como el de la escuela se estudia en profundidad el clima del lugar, para tener en cuenta todo lo que pueda pasar: desde las altas temperaturas hasta el frío o la lluvia. “Si esta casa se hubiera hecho en el norte del país, se debía regular todo de otra manera”, comentan. Y explican que cuando el clima es muy árido se usa un tipo de cortinas especial para regular la entrada de la luz al aula y de la que llega a las plantas de la huerta. Y que en invierno podan las plantas para evitar que los salones queden en penumbras. “Todo es física pura”, dicen.

Luego de ver un video explicativo que cuenta cómo es cada una de las etapas de construcción, alguien pregunta cómo se impermeabiliza la escuela. Y uno de los voluntarios explica: “Con una aislación térmica que lleva doble capa de nylon. Existe la posibilidad de hacerlo con material reciclado – por ejemplo, bolsas de plástico como las de alimentos para perros o bolsas industriales – pero en Uruguay, por una cuestión de tiempo, se prefirió comprar rollos de nylon. Se envuelve casi todo el edificio para aislarlo”.

Un vecino quiere saber sobre el funcionamiento de los paneles solares que lucirá el frente del edificio y que se ubican junto a una línea de ventanas de vidrio. Se explica que son diez en total – una mitad proporciona corriente alterna y la otra corriente continua – y  que su inclinación fue cuidadosamente estudiada. “Se analizó el ángulo de incidencia del sol tanto en verano como en invierno, luego se hizo un promedio, y con eso se llegó a la inclinación adecuada. Así se montaron”, le responden. Y agregan que unos están preparados para recibir luz intensa y otros para cuando el cielo está nublado, por lo que se complementan.

Respecto al agua, cuentan que primero se recolecta agua de lluvia en un gran recipiente que pasa por un proceso de filtrado para evitar suciedades o insectos, y luego se almacena en unos tanques que alimentan a la escuela. En cada país, la cantidad de tanques se define en función del clima. En Uruguay fueron necesarios diez tanques de 3.500 litros cada uno, por lo que es posible contar con 35.000 litros de agua. Los tanques están enterrados en el terraplén lateral de la escuela, por lo que no reciben luz y eso evita que se formen hongos en su interior. Están montados “en serie” – como si fueran un único y gran tanque – y fueron separados en dos grupos para que cuando se les haga mantenimiento la escuela no quede desabastecida. Luego de pasar por la escuela el agua se bombea, pasa a unos filtros y  termina en las plantas, donde es absorbida por las raíces y se diluye entre las piedras.

Los voluntarios invitan a padres y vecinos a recorrer los alrededores para ver in situ lo que expusieron. Se organizan en grupos que se alternan en cinco estaciones: dos al frente, una sobre un costado y otras dos por detrás de la escuela. Durante la recorrida se multiplican las preguntas. “La idea es que el edificio se comporte aislado del clima. Que cuando el clima esté muy agresivo, el edificio no lo sienta”, dicen los voluntarios. Uno de los padres pregunta por el origen de los neumáticos que se usaron para hacer los cimientos. Se cuenta que se obtuvieron de un gran depósito en Montevideo. “En otros países hay que ir a buscarlos a los basurales, lo que complica la operativa. Las latas y botellas fueron donados por la comunidad de Jaureguiberry”, dicen.

El terraplén de arena que se levanta detrás de la escuela llega desde el piso hasta el techo del edificio. Se espera que con las raíces que tiene se va a ir generando pasto nuevo y se está evaluando agregar una vegetación especial para mejorar la estética. Se anuncia que seguramente haya un grupo de personas que se dedique a mantener este particular “jardín” y que, además, la capa vegetal evitará que el médano se mueva con la lluvia o el viento.

En la última estación – la quinta – se observan unos tubos que alimentan de aire al edificio. Llevan unas mallas para impedir que entren roedores o insectos por ellos. Son los que mantienen una temperatura constante en las aulas. El “secreto” por el que lo logran es un sistema de cajones regulables que “mezcla” aire frío y caliente, lo que permite liberar la energía que se acumuló durante el día. “Cuando hay mucho calor y mucha luz se ventila con ese sistema de contrapeso. Con una cuerda se regulan estos cajones para evitar utilizar corriente eléctrica para estas cosas sencillas”, explican.

El recorrido termina justo cuando ya la tarde casi se ha ido de Jaureguibery. Con los últimos rayos de sol, los voluntarios invitan a todos a volver el domingo siguiente para seguir observando la evolución de la obra. En esos momentos los futuros alumnos de la escuela están reunidos en el local de la Liga de Fomento. Luego de “trabajar” en el terreno, se han dedicado a dibujar, jugar y pintar. Cuando salen se mezclan con los vecinos, familiares y amigos y dejan en evidencia, una vez más, que este es un proyecto de puertas abiertas.