Historias de esperanza

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La primera escuela pública sustentable de América Latina terminó su etapa principal de construcción. En estos días se trabaja en las terminaciones finas de la obra. Como parte de la experiencia, durante estas últimas tres semanas, en la interacción de decenas de voluntarios llegados de todo el mundo, se generaron historias de solidaridad y recuerdos únicos.

 

Como toda experiencia colectiva, la primera etapa de la escuela ha dejado no solo un edificio montado y casi pronto para ser ocupado por los niños, sino un abanico de historias donde primó la solidaridad, el trabajo en equipo y el aprendizaje constante. Durante las jornadas de trabajo se mezclaron culturas, idiosincrasias, experiencias y vidas muy distintas. La constante fue la sensación de haber participado en un proyecto que no solo fue trabajo y teoría sino también de esas experiencias que resultan inolvidables.
Malena Gobbo, por ejemplo, es uruguaya. Tiene 19 años y fue estudiante durante un tiempo de la Escuela de Arte Dramático (EMAD). Ahora está haciendo un curso de Turismo Sustentable en UTU. En estos días su cara se replicó por toda América Latina gracias a que en una de las jornadas de trabajo en Jaureguiberry fue entrevistada por una cadena internacional de noticias. Está instalada en la casa de unos amigos en el balneario y va a quedarse hasta el último minuto. “De chica vi un documental de este tipo de construcción, y me sorprendió esta forma de hacer paredes con neumáticos y botellas. Siempre me quedó esa idea. Cuando me enteré que iban a venir a Uruguay me anoté porque realmente lo quería hacer”, dice. Resalta el trabajo en equipo como una de las grandes virtudes del proyecto, además de la colaboración de todos los instructores. En las primeras jornadas demoraba mucho en sus tareas, pero un instructor les enseñó una técnica para mejorar el trabajo y no cansarse. De las principales enseñanzas que le dejó esta experiencia destaca lo de los neumáticos como material “indígena”, es decir, “que se pueden encontrar en cualquier parte del mundo”. Se lleva mucho aprendizaje técnico y la rica interacción con los extranjeros. “Siempre hubo una sonrisa en las jornadas de trabajo. Pretendo seguir aprendiendo y poder participar en proyectos así”, dice Malena.
Joana Rincón y Walter Marín, por su parte, son de Bogotá, Colombia. Se enteraron del proyecto por el documental “El guerrero de la basura”, donde se cuenta parte de la obra de Michael Reynolds. Entonces se entusiasmaron, se interesaron y buscaron información en la página de Earthship. Walter renunció a su trabajo en un laboratorio de energía eléctrica y así, apostando todo, llegó a Uruguay por primera vez. Joana no estaba trabajando pero quería involucrarse en un proyecto distinto y que tuviera que ver con el medio ambiente. Había estado una vez en Punta del Este y ahora fue de las primeras en llegar. Ambos van a volver a Colombia con la idea de implementar algún proyecto similar en tierras cafeteras. “Fue muy chévere encontrar gente de distintas partes del mundo, que habla otros idiomas y tiene realidades tan distintas”, dice Walter. “Hemos aprendido mucho”, agrega Joana.
Laura Bosio es de Córdoba, Argentina, y madre de cuatro hijos. En su país había realizado varios cursos de construcción en adobe. “La gente está volviendo a entender que puede construir su propia casa. Es una de las mayores cosas que rescato de este proyecto. Eso de tener que delegar todo, desde el diseño hasta la propia construcción, no me gusta ni para mí ni para mi familia”, dice. Se enteró de la existencia de Earthship gracias a una nota en una revista. Leyó sobre la estética de las casas y decidió sumarse. Durante este tiempo miró videos, leyó artículos, se compró libros y aprendió en forma autodidacta. Cuando se enteró que se iba a construir en Uruguay pensó “quizás nunca van a estar tan cerca de mi país como ahora”, y se inscribió como voluntaria. Quedó en la lista de espera y diez días después fue convocada. “No lo podía creer. Y ahora que estuve acá, sigo sin poder creerlo”, dice Laura y se ríe con fuerza. Había venido una sola vez a Uruguay cuando era niña. Recuerda que al principio estaba un poco desorientada sobre cómo se iba a trabajar, pero enseguida todos aprendieron y ella pasó a estar “encantada con todo”. Valoró lo de mezclar trabajo con aprendizaje en el aula. “El aula fue muy importante, porque vas al campo y afirmas lo que viste en la teoría. Me pareció todo muy serio, organizado, muy puntual y con todos muy enfocados. He hecho otros cursos y no había visto esto de tener un programa con objetivos tan claros. Y que me respondieran todas mis dudas”, enfatiza. Entre las enseñanzas que se lleva está lo de haber aprendido a usar diferentes herramientas. “La próxima vez que vea un taladro no me voy a asustar”, dice entre risas. Y sostiene que está ansiosa por irse a su país a intentar replicar el modelo.
La española Lorena Guerrero es de Zaragoza. Conocía a Michael Reynolds y a Earthship y estaba siguiendo las actividades que hacían por el mundo. Es ingeniera en telecomunicaciones y estuvo en una ONG con la que fue a África a construir edificios con botellas y arena. “Me llamó la atención cómo se pueden construir casas de una forma económica”, dice Lorena. No tenía una base teórica de construcción y la adquirió gracias a esta experiencia en Uruguay. Durante el tiempo que estuvo en el balneario alquiló junto a otros voluntarios una casa cerca del terreno. “Una de las mejores cosas de esta experiencia es también la interacción con gente de otras partes del mundo. Fueron generosos, colaborativos y se creó un buen ambiente. Recuerdo que un día estábamos cerca de la escuela y vino una abuelita que vive en Jaureguiberry a agradecernos por lo que hicimos”, dice.
Francesco es de Génova y tiene familiares en Uruguay. Aunque nació en Italia dice que a Uruguay lo siente como su otro país, por eso tuvo un motivo adicional para venir. Hace poco terminó de cursar una maestría sobre ecología humana y su tesis de investigación fue sobre construcciones autosustentables. En su país estuvo en otras experiencias de construcciones naturales. Considera que éste es “un proyecto increíble”. Su idea es, cuando la escuela ya esté funcionado, seguir trabajando en la educación y con la comunidad, para avanzar en temas de medio ambiente. Cuenta que probó el mate el primer día que llegó y que en estas semanas comió mucha pizza uruguaya, a la que considera “muy rica”. “Me encanta el lugar y la gente. Es tranquilo y abierto”, dice. Cree que el mejor mensaje que se está transmitiendo es que los alumnos no solo van a aprender sino a VIVIR una manera distinta de relacionarse con la naturaleza. “Realmente interaccionan con la naturaleza. Es una gran posibilidad, es algo que nos llena de esperanza. Y fue maravilloso que en un mes se juntara gente de todas partes del mundo. Es algo inolvidable, porque todos aprendimos de todos”, dice Francesco.